“Nadie imaginó nunca por lo que tuvo que pasar”

Hola a todos, hace algunos días fue mi cumpleaños y un amigo mío hizo una modificación a a una historia que escribí aquí hace algún tiempo, aquí os dejo la versión original Nadie se imaginó nunca por lo que tuvo que pasar y a continuación os muestro la nueva versión.

Creo no equivocarme si digo que, por su naturaleza, éste es uno de los regalos más especiales que he hecho nunca. Son ya 21 años los que arrastras y 13 sin vernos, y aún así aquí he pasado varias noches intentando hacer de este experimento algo presentable, para tu recuerdo y para el mío, con el mejor de mis deseos, como excusa fútil de nefastos recuerdos de infancia, un presente para que, en definitiva, te sientas especial desde la distancia desde la que te escribo. De corazón, sincero, te muestro parte de ese “alter ego” que llevo, absurdamente encubriendo, muchos años y que desde hoy hasta que decidas quemarlo, onírica o físicamente, te regalo el 27 de agosto de 2016. Besos , abrazos y felicidades.”

En la vida hay cosas que no se olvidan, eso no es discutible, desde luego, pero si podemos indagar de alguna manera en la motivación que nos alienta a recordar esos momentos, objetos, personas…Hay quien puede pensar que sólo son recuerdos aquellos que nos marcan de alguna forma, que modifican nuestro presente para formar parte en el futuro de un pasado en un proceso de diacronía permanente y que reflotan en nuestro pensamiento para recordarnos que un día cambiamos y que, por tanto, formamos parte de un nomadismo intelectual constante. Siempre me he considerado una mujer pragmática y por tanto me he parado poco a pensar en ese mundo onírico que forma parte ineludible ( e imperceptible) de nuestra idiosincrasia. Tengo el recuerdo de una fuente de 3 grifos de mi colegio cuando apenas tenía un lustro de vida; también recuerdo a una vecina con unas zapatillas de un color fucsia, profunda antítesis del buen gusto, con unas lucecillas que se encendían al caminar; recuerdo columpios desgastados, recuerdo caras anónimas, lugares que nunca existieron, conversaciones perdidas, amigos de esos en que la amistad lo era todo y realmente no era nada[1], el olor del café que nunca probé o la camisa hortera de mi padre. Nuestra mente es sabia, y no deja nada al azar, esa es mi conclusión al menos, porque uno de esos recuerdos inexplicables es ese bolso desgastado, de un color carmesí suave, dos asas rozadas que denotan esa gran virtud de nuestros antecesores, que no es otra que la austeridad, y un broche brillante que alguna que otra vez me recordaba que el sol andaba cerca y que mis gafas de sol no eran lo suficientemente buenas como para hacer frente a ese resplandor. Como la mayoría de mis conocidos, mi abuela, pese a su condición endémica de austeridad, solía darme algún dinero cuando iba a visitarla, por lo que muchas veces tuve que acercarle el citado bolso carmesí del que sacaba un monedero, enorme, negro, en el que recuerdo, guardaba varias fotos de carnet de la familia, costumbre la de guardar las fotos que se va perdiendo poco a poco pero que yo misma mantengo casi como tradición o herencia moral. Este recuerdo me resultaba baladí hasta el momento en que he de referirme en estas páginas, cuando el ideal de familia que hasta ahora tenía se desmorona irremediablemente en virtud de los acontecimientos acaecidos hace hoy veinte años.

El azar, ese extraño despropósito que rige la voluntad humana y que ha sido, y será per saecula saeculorum causa principal de algunos de los momentos más destacables del desarrollo de las civilizaciones y, a un nivel más superficial, propósito de introspección, es precisamente lo que me llevó a descubrir la carta que me lleva a escribir hoy este relato. La buhardilla es una estancia hogareña desconocida para el grueso de los inquilinos, es una habitación olvidada donde multitud de objetos y recuerdos duermen el sueño de los justos. No recuerdo bien que buscaba en tan desolado espacio, pero el caso es que di con el manuscrito de mi fallecida y desconocida tía, hermana de mi madre y, por tanto, hija de mi abuela. La lectura del manuscrito todavía estremece de alguna forma mi interior, me plantea preguntas sin respuestas, y no será por la ausencia de voluntad propia a la hora de indagar.

La lectura de la carta propició una visita, ahora pienso que precipitada, a casa de mi abuela, a la que pregunté por los sucesos acontecidos hace dos décadas, encontrando por respuesta la indiferencia y una salida por la tangente un tanto indecorosa de no tratarse de la madre de mi madre, valga la redundancia. La segunda visita, cabezona de mi, resultó ligeramente mas exitosa. Pese a no ser amante del cine, la puesta en escena siempre fue fruto de mi atención, máxime si tenemos en cuenta la necesidad moral que para mí suponía aquella información. Así, vestida con un atuendo que por mi 17 cumpleaños, mi abuela tuvisese la bondad de regalarme y con la carta estrechada en mi mando izquierda, misma mano con la que en su momento la leí, me acerqué a mi anciana preguntando, una vez más por los hechos. El quid pro quo supuso ineludiblemente la preparación de un café, de los de antes, de aquellos en los que se deja hervir el agua en el cazo y se le añade el café y el azúcar, procurando establecer la reciprocidad entre ambos elementos. Siempre recordaré con cierta nostalgia aquellos vasos de cristal con más culo que vaso, blancos ya de la cal y que jamás tendría en mi casa pese a querer tenerlos siempre a mano en casa ajena. Con el café servido y yo ansiando conocer más sobre el suceso, mi abuela se decidió a hablar.

La voz quebrada denotaba cierta tensión, un sentimiento de culpabilidad en sus palabras, luego confirmado, la delataba. Las abuelas tienen esa magia especial por la que raramente dejan algún aspecto dubitativo en el enfrentamiento verbal, la experiencia quizás sea aquello que les provoca una seguridad en sí mismas fuera de lo normal, por lo que verla en aquella tesitura puede entenderse como una experiencia traumática que de alguna manera rompe el cliché social Fue entonces cuando me explicó que el suicidio de mi tía no era sino la consecuencia directa del anonimato familiar. El bochorno interno al que fue sometido, consciente o inconscientemente por parte del credo familiar propició el que sin duda es el mayor de los males, la exclusión individual del colectivo. El colectivo es un asunto ambiguo, pues las redes sociales pueden hacer referencia a familia, amistades, parejas…etc…etc…pero es la familia la que, sin duda, ejerce una mayor influencia sobre nosotros debido a su supuesta incondicionalidad, lo que nos hace sentir mas seguros. Cuando la circunstancia familiar se une a la amorosa en un huracán sentimental que acaba con ambas, la depresión es inevitable, y ese era el caso de aquella mujer morena de ojeras pronunciadas y pálida tez cuya foto desgastada tamaño carnet conservaba mi abuela en su monedero, detalle acusado con los años y cuya explicación me fue esquiva durante mi existencia. La sospecha de ser mi madre la que causó tal revuelo, propició una crisis de fe hacia mi pronunciado sentimiento maternal que pronto se disipó en el olvido, al igual que mi desdichada tía.

[1] Mi mentalidad escéptica hace que no tenga otra opción más que dar por cierta la filosofía petroniana, tempus fugit, amicum fugit.

Ella

Mensajes sin remitente

Ella era el sueño del que no duerme. Un ruido pasado media noche, un temblor convertido en caricia. No sabe que ha inspirado tantos poemas como poetas ha matado.
La primera vez que la vi andaba con prisas por sentir, contando historias tristes, callando que era la protagonista de cada una de ellas. Cuando la conocí se estaba despidiendo, y empecé a escribir cuando lo entendí. Escribo por todas las veces que nos dejamos sin palabras. Por todas y cada una de esas que no llegamos a decir. Podía imaginarme cualquier futuro, pero nunca pensé que ella seguiría escribiendo el punto final a cada unos de los capítulos que ya no escribiría a su lado. Supongo que no todo termina cuando llega el adiós. El camino después de las despedidas sabe a recuerdos y huele a pasado. Y es cuando nos escondemos, que nos pintamos la careta, para poder…

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Caducidad del verano

“Estos son los días que nunca van a volver, y a los que aún así vamos a esperar toda la vida.”

El desastre de Sof

Estábamos en lo alto de aquel acantilado que tantas veces nos había arropado, convirtiéndose en refugio a prueba de tempestades internas. Tú mirabas hacia el horizonte como si soñaras despierto con alcanzarlo y con poder bailar sobre su filo, mientras yo te miraba a ti y pensaba inevitablemente en que el verano estaba empezando a consumirse. Los árboles comenzaban a deshacerse de sus hojas, los amantes de sus aventuras pasajeras de viaje en coche por las carreteras de la costa y de hotel cutre en primera línea de playa y los adolescentes de las noches sin dormir y las mañanas sin poder recordar las copas que bebieron durante la madrugada anterior.

–¿Vas a echarme de menos?-preguntaste de pronto, sin apartar tu mirada de aquel punto infinito en el que nunca podrías encontrarnos.

–Claro.

–¿Segura?

–Lo estoy.

Sonreiste sin mirarme, y de repente me sorprendí a mí misma siendo incapaz de…

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Me tienes miedo …

La perra envenená

“Me tienes miedo, lo sabes … pero desconoces la razón,

me tienes miedo, miedo a tenerme, miedo a quererme, miedo a perderme, pero … desconoces la razón,

me piensas día y noche, noche y día, cada vez que una canción te hace recuerdo de mi, pero sigues en decir que desconoces la razón,

me quieres, me extrañas, me celas, me piensas pero insistes en decir que desconoces la razón,

ahora me marcho, me voy pero … si conoces la razón”.

Ay amor mío, ¡Qué terriblemente absurdo es estar vivo! – Me tienes miedo, se te nota, a kilómetros de años luz mi vida, me tienes miedo, no lo aceptas, tampoco lo niegas pero me sigues teniendo miedo, y creo saber la razón: soy demasiada mujer para ti.

Soy demasiada mujer para ti porque creo que cada vez que miras a las demás te quieres convencer que yo soy igual pero…

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Verano

Impoesiable

Caen calendarios, recuerdos y olas. Termómetros al rojo vivo, parejas que se rompen, amores de verano. Operación salida a ninguna parte. Se llenan las playas, piscinas y parques, vacían corazones y cuentas corrientes, arreglo mis cosas.

Se asfixian por dentro centros comerciales vendiendo bikinis que no harán milagros, y dietas fantasma, gimnasios repletos, tarjetas de crédito y ojos vendados. Rezando al dios Sol se agolpan en fila bajo mil sombrillas familias enteras, parejas perdidas y tribus de arena. La crema solar que se queda en casa y condena a la piel a pena capital.

En los chiringuitos rumor de cristales, pescado y cerveza, al fondo un pareo que quién lo tuviera, a sombra ceñido y piel a dos velas. Reencuentros de siempre, noches con espuma, viento de poniente, paseos por la orilla, carrete de fotos y aquella nevera. Escupen aviones tantos aeropuertos y friegan los suelos en la terminal. Abrazos y lágrimas surcan los cielos y…

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Para querer hay que coincidir. Bruno, si dos no se quieren de la misma manera, probablemente sea que el final de su trayecto esté ya muy cerca. Tú y yo coincidimos en el viaje, pero probablemente teníamos destinos distintos. Es algo que supe desde el mismo momento en el que te vi y que, a medida que hablábamos, mientras te perdías con tu mirada contemplando el paisaje, pude comprenderlo.

BÁRBARA Los exámenes, las entrevistas, la continua y obsesiva búsqueda de trabajo, de un trabajo mínimamente digno, después de haber estado estudiando cinco largos años en la Facultad de derecho de la Universidad Autónoma de Madrid, habían contribuido a no saber nada, casi en absoluto, de mi abuela. Pero ahora yo ya había vuelto […]

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